Hay ciudades que se recorren en coche y ciudades que solo se entienden a pie. El Centro Histórico de la Ciudad de México pertenece decididamente al segundo grupo: en un radio de diez minutos caminando desde el Zócalo conviven una catedral que tardó casi 250 años en construirse, el asiento del poder político desde la época virreinal, las ruinas del recinto sagrado mexica y uno de los teatros más importantes de América Latina.
El Zócalo: la plaza que ordena la ciudad
Formalmente Plaza de la Constitución, el Zócalo ha sido el centro simbólico de la ciudad desde antes de que existiera la ciudad misma: aquí se ubicaba el corazón ceremonial de Tenochtitlan. Todo recorrido por el Centro Histórico empieza y termina aquí, así que es buena idea llegar temprano, cuando la plaza todavía está despejada y la luz le pega de lado a la Catedral.
Catedral Metropolitana: casi un cuarto de milenio de obra
La construcción de la Catedral Metropolitana comenzó en 1573 y no se dio por concluida sino hasta 1813, lo que explica su mezcla de estilos: renacentista, barroco, churrigueresco y neoclásico conviven en una misma fachada. Vale la pena entrar solo para notar cómo cambia la luz entre las naves; no hace falta ser especialista en arquitectura para sentir el peso de los siglos.
Palacio Nacional: los murales que cuentan un país entero
Justo frente a la Catedral, el Palacio Nacional ha sido sede del poder ejecutivo desde tiempos virreinales. Su atractivo principal, más allá de la arquitectura, son los murales de Diego Rivera en la escalera principal: un friso monumental que narra la historia de México desde la época prehispánica hasta el siglo XX. Se puede visitar de manera gratuita y es, probablemente, la lección de historia más eficiente que existe en la ciudad.
Templo Mayor: la ciudad debajo de la ciudad
A unos pasos de ahí, sobre la calle Seminario, unas excavaciones descubiertas por accidente en 1978 revelaron los restos del Templo Mayor de Tenochtitlan. El museo que lo acompaña organiza las piezas encontradas — algunas verdaderamente monumentales — por etapas constructivas del templo. Es el recordatorio más contundente de que el Centro Histórico no tiene una sola capa de historia, sino varias, una encima de la otra.
Caminar el Centro Histórico es caminar sobre una ciudad que ya existía antes de que llegara la que ahora vemos.
Palacio de Bellas Artes: del mármol al Art Déco
Cerrando la ruta hacia el poniente, el Palacio de Bellas Artes empezó a construirse en 1904 con una fachada de mármol de estilo art nouveau, pero la Revolución interrumpió la obra por años; cuando finalmente se inauguró, en 1934, el interior ya respondía al lenguaje art déco. El contraste entre el exterior y el interior es, en sí mismo, una lección de cómo la historia también deja huella en los edificios.
Cómo organizar la caminata
Lo más eficiente es empezar en el Zócalo por la mañana, visitar Catedral y Palacio Nacional antes de que haya más movimiento, seguir al Templo Mayor y cerrar en Bellas Artes al mediodía o media tarde, cuando la luz que entra por los ventanales del vestíbulo es mejor. Todo el recorrido, sin prisa, toma entre dos y tres horas — sin contar el tiempo que se pierda con gusto en cada parada.
